Encrucijada a la felicidad

DOSIER Anarcofeminismo | Sierra Norte | Ilustración de Jaume Molera | Extraído del cnt nº 426

Hasta nuestros días ninguna Revolución ha sido razonada, y por esta causa ninguna tampoco ha completado el triunfo. Todos los grandes movimientos fueron, sin excepción, actos casi inconscientes de la multitud, movida por su instinto o arrastrada por interesados y las ventajas obtenidas no han sido de verdad más que para los directores del movimiento. Las revoluciones no se harán ya al azar, porque las evoluciones son cada día más conscientes y reflexionadas.

Eliseo Reclús

No sé qué me pasa. Mientras anhelo el después del coronavirus, no dejo de pensar en tiempos pasados, de agarrarme a los recuerdos, y curiosamente, me viene a la cabeza todo el rato mi abuelo anarquista, por el cual seguramente y en gran medida, soy militante de la CNT desde 1977.

Aragonés y ferroviario. Afiliado a la Confederación Nacional del Trabajo desde muy joven, era un idealista, un soñador. Siendo jefe de estación en Alcalá de Henares, le detuvieron en Mayo de 1939. Le metieron preso y le sometieron a un Consejo de Guerra por negarse a descarrilar un tren de civiles que venía de Madrid.

Me acompañó durante mi infancia. Me llevaba al colegio, al parque, éramos compañer@s de juegos y de vida. En los muchos ratos que pasábamos junt@s, me contaba historias. Cuentos, decía él, pero con los años descubrí que sus narraciones eran experiencias vividas e ideales profundos.

Tanta elocuencia y tanta pasión le ponía, que siempre le escuchaba embelesada. Me enseñó que la felicidad está en las cosas sencillas, en los afectos y no en las cosas materiales.

Decía mi abuelo que «en aquellos tiempos felices, no necesitábamos nada, porque lo teníamos todo». Siempre hablaba de la felicidad como un sentimiento colectivo. ¿Cómo se puede ser feliz, si l@s que te rodean no lo son?
No cabe duda que la felicidad sólo puede alcanzarse cuando las necesidades básicas como la salud, la vivienda, la alimentación y la educación están cubiertas. Y si me permiten, y como decía Lorca, yo añadiría la cultura. «Denme un pan y un libro».

Estoy plenamente convencida de que nos encontramos en una encrucijada dónde nuestros pasos pueden cambiar el rumbo de las cosas. Si algo nos ha enseñado el Covid, es que la vida está en riesgo. El patriarcado, la globalización, la crisis climática, la pérdida de la biodiversidad, la extinción de especies, las desigualdades cada día más profundas, todo lo que nos rodea se parece cada vez más a la caída del imperio romano. Si antes del Covid, este sistema caduco y depredador del capitalismo hacia aguas por todas partes, después de esta pandemia, la crisis que ya tenemos encima, evidencia que sólo un análisis sistémico podrá mostrarnos un camino diferente por dónde transitar.

Hacer barrio y pueblo desde lo local y desde una perspectiva anarcofeminista se hace indispensable. Porque esenciales son los afectos, los cuidados, la vida. Producir para vivir.

Está claro que el crecimiento no es verde, ni ilimitado, ni equitativo. Y está claro también que ninguna forma de poder o de gobierno irá más allá del dictado de las grandes corporaciones y de un sistema basado en el dinero. Y esto, sí que es una fantasía. Un sistema construido sobre miles de millones de euros, respaldados por nada. Por más y más deuda.

Kropotkin también lo decía en La Conquista del pan: «El bienestar para tod@s, no es un ensueño. A medida que se desarrolla la capacidad de producir, aumenta en una proporción espantosa el número de vagos e intermediarios. Pero este problema no puede resolverse por la vía legislativa. Ni los gobiernos actuales, ni los que puedan surgir, serían capaces de resolverlo».

Yendo de lo grande a lo pequeño, de lo global a lo local, las experiencias de comunidades horizontales, de las que tenemos numerosos ejemplos, serían un espejo donde mirarse. La construcción de la soberanía alimentaria, de la agroecología, supone un eje fundamental. El movimiento feminista es otro de los ingredientes imprescindibles, no sólo por cuestiones de equidad, sino porque pone en valor los cuidados, los afectos, lo que realmente es importante.

Por todas partes surgen iniciativas locales, mercadillos de trueque, bancos de tiempo, huertos comunales. No cabe duda que la producción local es más ecológica, igual que el comercio de proximidad. Se reduce el transporte, se eliminan oligopolios e intermediarios, se crea empleo y se hace comunidad en nuestros barrios y pueblos.

Aunque existe una falsa creencia de que no existen alternativas de cambio al sistema económico capitalista globalizado, esto no es así. En la CSA Vega del Jarama, en nuestra sierra, y en la que participan compañer@s de CNT Sierra Norte, la soberanía alimentaria, la organización horizontal, la producción ecológica, y la comunidad, son una realidad que dura ya más de cuatro años y no deja de crecer y de consolidarse. Torremocha del Jarama, con una población de apenas 1000 habitantes, acoge este proyecto, en el que 200 familias participan en esta huerta comunal de tres hectáreas. Da trabajo a tres familias y toda la comunidad se implica, de forma rotativa, mimando los derechos de quienes la trabajan y colaborando en todas las tareas.

En la CSA Vega del Jarama, en nuestra sierra, y en la que participan compañer@s de CNT Sierra Norte, la soberanía alimentaria, la organización horizontal, la producción ecológica, y la comunidad, son una realidad que dura ya más de cuatro años y no deja de crecer y de consolidarse.

Ahora se habla mucho de la economía de la felicidad. Desde 2008, el reino de Bután, un pequeño lugar escondido en las montañas del Himalaya, orienta su economía no por el PIB, sino por la Felicidad Interior Bruta (FIB), que mide el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, la salud, la educación y la cultura, entre otros. Curiosamente su principal actividad económica es la agricultura.

Como decía Durruti, el camino, ese mundo nuevo, está en los corazones. La justicia social se construye con la economía social y la evolución con revolución, como con tanto acierto escribe Eliseo Reclus. «Hasta nuestros días ninguna Revolución ha sido razonada, y por esta causa ninguna tampoco ha completado el triunfo. Todos los grandes movimientos fueron, sin excepción, actos casi inconscientes de la multitud, movida por su instinto o arrastrada por interesados y las ventajas obtenidas no han sido de verdad más que para los directores del movimiento. Las revoluciones no se harán ya al azar, porque las evoluciones son cada día más conscientes y reflexionadas».

Hacer barrio y pueblo desde lo local y desde una perspectiva anarcofeminista se hace indispensable. Porque esenciales son los afectos, los cuidados, la vida. Producir para vivir, no para engordar los bolsillos de ese 1% más rico que acumula el 82% de la riqueza global. Tenemos que pararnos en esta encrucijada de un tiempo trastocado y dirigido por oscuros intereses, para sumar y sumar y volver a sumar. Porque somos much@s más. Y escoger de una vez por todas la senda de la vida. Ya no es una ilusión, es la única aventura donde sentirnos segur@s y felices. ¡El mañana es nuestro compañer@s!

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